
Margarita tenía dieciocho años cuando dio la campanada, dieciocho años justos, exactos recién cumplidos…
Después de tanto tiempo aún no he logrado comprender a mi prima hermana, siempre he pensado que perdió el norte y el sur bastante antes de tomar y ejecutar su decisión, pero es algo que nunca le he preguntado y a estas alturas de nuestras vidas, no pienso hacerlo.
En casa, todos dormíamos, pero el sonido insistente del teléfono nos despertó. Mami fue la primera en levantarse mientras yo amanecía en mi nebulosa de sueños con el “ring” perforándome las entendederas.
-¿Diga?...Ajá… ¿Dónde dices que estás?...Sí, cariño, no te preocupes, ahora mismo vamos para allá- La voz de mami se hizo inaudible mientras hablaba con mi padre, para, a los pocos minutos, entrar en mi habitación mostrándome una situación un tanto surrealista.
- Tu prima se ha escapado de casa. Está en el convento de las monjas-tus y sus monjas- y pretende abrazar el hábito. Tus tíos, especialmente tu tío, se ha vuelto majareta del todo y está aporreando la puerta del convento mientras grita “antes puta que monja”. .. Escarlata, nos vamos a mediar entre ellos. Margarita nos ha llamado para que le echemos una mano. Cuida de tus hermanos y si ves que tardamos en volver, llama a la abuela para que venga a cuidaros.
No recuerdo si parpadeé en ese instante, pero sí recuerdo que tardé mucho tiempo en volver a hacerlo con normalidad tras el impacto de esa noticia. ¡Mi prima, monja! Una noticia del todo inesperada porque me constaba que a Margarita le gustaban los chicos, reírse abiertamente con su fino y cáustico humor fruto de la herencia genética que nos unía por encima de todo lo demás y disfrutaba, lo mismo que yo, con vivir la vida abiertamente y sin recelos.
Me imaginé a mi tío hecho una furia frente a la puerta de roble macizo que blindaba el convento de mis monjas y las de su hija regalándoles una retahíla de insultos dignos de alguien poseído por la ira en grado sumo. Por un segundo pensé en mi pobre tía, con el corazón encogido aguardando a que su hija saliera por la misma puerta que su marido pretendía derribar…
Pasaron muchos años sin que mi prima y su padre se hablaran, pasaron muchos años llenos de silencios y distancia, hasta que un buen día, sin saber por qué, volvieron a dirigirse la palabra.
Durante todo ese tiempo, las conversaciones de mi tío en nuestra casa, siempre concluían con un: “antes puta que monja”, Escarlatita. Y yo le sonreía convencida de que el término medio era mucho mejor que cualquiera de los extremos.
- Yo quiero ser astronauta y conocer a ET. Tío, no insistas.
Mi tía decidió morirse hace cuatro años, una mañana de Mayo y, al año y pocos meses más tarde, mi Tío la siguió allá a donde fuera.
Su entierro fue extraño. Mi prima lloraba por los rincones, presa de una congoja inexplicable para alguien que cree en el más allá y en un Dios benigno que acoge las almas de sus hijos en su seno, siendo la propia muerte, una liberación.
Mami y yo nos acercamos a ella, nos abrazó hecha un mar de lagrimones de aquellos que te dejan la cara hecha un asco y te corren el maquillaje sin quererlo. Cuando logré apartarme de Sor Margarita, rebusqué en mi bolso un paquete de clínex y se lo extendí para que se secara.
- No deberías llorar así. Según tu religión, tu padre está mucho mejor ahora que puede descansar junto a tu madre en compañía de tu dios.
- ¿Pero qué dices?- Me soltó escandalizada.
- Según mis creencias, estás perturbando el espíritu de tu padre con tu llanto. Deberías permitirle que se vaya en paz, sabiendo que todos los seres amados que deja atrás, comprenden que es su momento y que su vida ha concluido en el instante que él ha elegido.
No me respondió, pero salió apresurada al baño a lavarse la cara y no volvió a llorar en todo el sepelio evitando mirarme.
Mi primo menor me sonrió agradecido por contribuir a que su hermana se serenara. El mayor, estaba en estado de shock. Él había encontrado a su padre muerto, sentado frente al televisor al ir a visitarle por no contestar el teléfono.
Creo que mi prima no lloraba por mi tío, sino por el sentimiento de culpabilidad de no haberle atendido en los últimos años, meses e instantes de su vida. Pero… la vida y la muerte es algo escrito en el libro del destino de cada uno y, no siempre, estamos a la altura de las circunstancias. Debemos seguir nuestro camino, pero plenamente convencidos de que nuestros actos son los correctos y que la muerte, es una sombra que nos acecha todos los segundos de nuestra existencia.

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