
¡Qué agobio, por dios!
Hoy me he cruzado con la “Hermana Ven-como” produciéndome la misma parálisis de terror que me producían sus clases de matemáticas.
De todas las monjas que me impartieron enseñanza en diversas materias, Sor Ven-como tenía el poder de aterrarme, ya fuera en un pasillo, en el recreo, en el comedor, en la sala de estudios, en el polideportivo e, incluso, en la capilla. Allí donde la intuía con su campanilla en la mano gritando: “Srta. O’Pérez, espere un momento”, el espanto se apoderaba de mí y me petrificaba cual estatua de sal.
-Abróchese el babi correctamente, lleva desabrochado el cuello y más que una señorita parece una arrabalera.
La recuerdo frente de mí, tan menuda, bigotuda, aparentemente frágil… tan borde. Y esa indefensión de no poderle arrear un sopapo o mandarla al tren de las cinco sin billete de retorno.
Cómo detestaba el tan temido: “Srta. O’Pérez, a la pizarra”; o el no menos humillante : “¿Dónde está su lógica, cabeza hueca?”. Su repertorio era extensísimo, sus clases un susto tras otro, borrador en la mano izquierda y rotulador en la derecha, paseando de arriba abajo del aula, como surcando la tierra con sus menudos pies.
- Me alejo un poco más de usted, Srta. O’Pérez, porque como me suba a la tarima, le doy un bofetón por burra. Si ustedes son el futuro de la humanidad, qué Dios nos coja confesados. Venga, resuelva el problema de una vez, ¿o pretende tenernos aquí toda la mañana?.
Y una servidora se negaba a pensar, los números se bloqueaban y la solución, por simple que fuera, se convertía en un agujero negro, pero que muy negro y sin clasificación.
Ese año, como era de esperar, me suspendieron la asignatura de matemáticas y les cogí tal aprensión a los números, que creí que la bruja menuda y bigotuda, tenía razón en cuanto a mi lógica y en lo referente a mi inteligencia. Yo era una burra redomada sin futuro.
Pero ese convencimiento de mi inutilidad matemática, me liberó. Si mi lógica era inexistente, ¿para qué mortificarme más de lo justo y necesario?. Asumirlo me dio el valor para revelarme.
-Abuela, convence a mami para que me cambie de colegio. No soporto a esas monjas de negro que nos limitan la imaginación y el sentido común.
Mi abuela me miraba desde el otro lado de la mesa.
-Ya sabes que a tus padres les costó muchísimo encontrar plaza en tan insigne lugar. Debes aprovechar el tiempo, estudiar y sacarte el próximo curso. Es posible que entonces, podamos convencerles de que deseas cambiar de aires.
-Pero abuela, Papi ya me ha dicho que no piensa cambiarme de colegio hasta que empiece la carrera. Ni tú ni nadie sabe qué dicen de los chicos esos marimachos con hábito. ¡Qué son el diablo!. ¿Te lo puedes creer?. Menudos ejemplares de retrogradas hacinadas en un mismo lugar. ¿Les saco la cruz a mis hermanos cual niños poseídos de “El exorcista”?.
-Un año más, Escarlatita, haz un esfuerzo.
Y lo hice, hice el mayor esfuerzo de mi vida por lograr lo que deseaba con toda mi alma, que me alejaran de allí y me llevaran a un colegio donde Dios quedara relegado a un segundo lugar, y las monjas, se convirtieran en un lejano recuerdo, pero que muy, muy, muy lejano.
-Escarlatita, ¿Qué has hecho?.
La abuela me miraba incrédula desde el otro lado de la mesa.
-Lo que he creído necesario, abuela.
-¡Pero si te han suspendido hasta en gimnasia!.
-Era complicado que me aprobasen incluso la gimnasia. He hecho novillos el último trimestre y creo que soy una candidata idónea para la expulsión.
Logré que me expulsaran, aunque mis padres me castigaron todo el verano sin salir, cuestión que no me importó. ¿Qué eran tres meses contra cinco o seis años más en ese infierno?.
Continuará…o no, depende.

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