
¡Ays, qué revoltillo de sentimientos! Y es que el mundo se ha vuelto loco, del todo. No es suficiente que nos roben los dineros señores con traje y maletín, no es bastante que nos machaquen en las noticias con la crisis ni que añadan delitos de género, de niñas y un largo etc. que bien podría abocarnos a la depresión por si mismos. No. Siempre hay más, mucho más.
La otra noche, estaba medio adormilada en el sillón recostada sobre mi parejo cuando de repente, sonó el teléfono. Al otro lado el hipo lloroso de María contándome que su vida era una mierda – y como su vida era eso, pues a joder al prójimo a las doce de la noche, que es lo suyo.
María es una gran mujer, y cuando digo “gran” me refiero a tamaño. Inmensa mole de carne cuyo mérito consiste en poder moverse dignamente al andar sin partirse las rodillas a cada paso. Su marido, ex ya, la abandonó por culpa de su mal carácter, su falta de dulzura y su bordería. Porque María podrá tener alguna virtud, pero a mala leche, no la gana casi nadie.
De ese matrimonio, nació una hermosa criatura que a estas alturas de la película está más tocadita de lo que aparenta, y aparenta poco, porque a la que rascas un poco, el hierro se convierte en betún y vomita lo posible y lo imposible a pesar de su juventud. A mi, escuchar a un adolescente con según que vómitos, fruto de lo que le ha inculcado el adulto con el que convive, contándole su particular visión de los hechos, me da repelús. No ya por el adolescente, que siempre puede ver la luz más allá de las tinieblas del progenitor de turno, si no por el poco seso que tienen algunos/as cuando abren la boquita para contar batallitas que poco se acercan a la realidad con el único fin de poner en contra al hijo/a de su contrarío.
Yo creo que la paternidad es algo muy serio y que debería quedar al margen de las broncas entre los adultos que conviven juntos o, que por razones amplísimas han decidido separarse o divorciarse. Porque nadie me negará que al implicar a los hijos en temas que siempre han sido sólo de dos, lo único que se consigue es volver locos a los descendientes, que ni pidieron nacer, ni compartir broncas ni trifulcas entre sus padres.
¡Estamos creando seres desequilibrados que nos devorarán con el paso de los años!. Niños engañados y envenenados por la locura de los adultos; porque ese tipo de supuestos adultos son perniciosos para la educación sana y equilibrada de sus propios hijos, ya que ellos mismo ni tienen equilibrio, ni son dignos de llamarse padres. Son verdugos de su propia sangre, del futuro equilibrado y feliz de sus hijos, porque estos, cuando se den cuenta de que sólo se han enterado de una parte de la película, les rechazarán y les exigirán un tipo de cuentas tan claras y cristalinas que clamarán al cielo.
Les espera una vejez tan triste y solitaria, que no quisiera verme en su piel ni un solo segundo de mi existencia.
María lloraba en medio de un hipo inducido por el ron, quejándose de su mala fortuna, de la desgracia de tener una descendencia que no la considerada digna de crédito por las muchas mentiras que les había contado a lo largo de su vida. María nunca calibró que los niños se convierten en adultos y cuando ese momento llega-qué llega- toca pasar cuentas…y siempre hay leches para todos.
