martes, 3 de junio de 2008

ATENCIÓN: EL FUTURO QUE VIENE


A mí me da, que hay personas que no llegan a comprender el alcance que tienen sus actos para con el resto del universo, si no, no me lo explico. No todo el mundo tiene la facilidad de comprensión sobre los mismos temas, algunos personajes, demuestran su incapacidad para asumir responsabilidades de cualquier tipo, convirtiéndose en auténticos impresentables que hacen un flaco favor tanto a ellos mismos, como a su entorno.
María siempre me cuenta sus avances literarios como el parangón de su vida, qué si un premio por aquí, qué si una participación en una revistilla por allá… y yo la escucho pensando si es consciente de que además de darle a las teclas con ímpetu y dedicación absoluta, recuerda que en casa su churumbelilla está desatendida del todo.
Sin ir más lejos, la otra tarde, los gemelos se encontraron a Claudia –hija de María- en la discoteca para principiantes (esas en las que representa que no puedes ni fumar, ni beber, pero siempre hay quien se lo salta a la torera) borracha como una cuba sin saber muy bien dónde tenía la derecha y la izquierda o, su propio centro. Claudia reía sin saber por qué, gritaba frases incoherentes y, se tambaleaba en la pista amenazando lipotimia de un momento a otro. Sus compañeros – que no amigos- la jaleaban riéndose de su estado, mientras ella se quitaba la camiseta y girándola sobre su cabeza como el lazo de un vaquero, vociferaba: ¿Quién se acuesta conmigo?
Mis hijos se apresuraron a sacarla de la tarima en la que se encontraba y la llevaron a parte para que se calmara, mientras le bajaban los efectos de los dos cubatas que se había tomado metiéndole la cabeza bajo el grifo.
Humberto, el mayor de los gemelos, me contaba un par de horas más tarde, que aquella chica no tenía ningún límite en casa; que su madre vivía en una constante depresión incapaz de superarla por sí misma, y sin intención de pedir ayuda a nadie; y ella, llegaba a casa cuando le placía y en el estado que se le antojaba. Y lo más penoso de todo, es que había perdido el respeto ya no con el resto del mundo, si no, para consigo misma.
Aunque parezca mono tema, quienes vivimos la adolescencia de nuestros hijos, pasamos con ellos un pequeño calvario, como pasaron nuestros padres con nosotros. Pero a diferencia de la nuestra, a la suya hay que sumarles las facilidades que encuentran fuera de casa para realizar aquello que ni siquiera se nos hubiera ocurrido en nuestra época.
Guillermo, el otro gemelo, me cuenta cómo actúan los chicos en estas discotecas para adolescentes, tocándole el culo – y lo que no es el culo- a las niñas; tirándoseles encima mientras las magrean en todo su apogeo, besándolas sin pedir permiso, arrinconándolas en los reservados… Ellas también hacen lo propio salvando honrosas excepciones… y yo me pregunto: ¿ En qué estamos fallando?. ¿En qué momento nuestra sociedad perdió el Norte?.
Sinceramente me escandalizan ciertos comportamientos de nuestros menores, producto de la desatención en casa por quienes deberían educarlos y cuidarlos. Nuestro futuro está en manos de estas generaciones que avanzan sin respetarse a si mismos, a los padres, a los educadores, a la sociedad; pequeños seres humanos que han perdido la esperanza antes de empezar y que no auguran un crecimiento equilibrado, ni sano.