lunes, 19 de mayo de 2008

LA VIDA DIRÁ



Decía mi abuela, mujer sabia donde las haya, que lo más parecido a un filósofo que jamás había conocido era a su nieta Escarlatita. Mientras entretejía su colcha a lo Penélope y yo la seguía sin idea de por dónde empezar, se me disparaba la lengua y el cúmulo de preguntas albergadas durante cierto tiempo en mi cerebro, salían como una ametralladora en busca de respuestas.
La abuela apartaba su labor y ponía esa mirada de : “Veamos por dónde sale hoy esta criatura”, atendiéndome con cara pensativa y permanente sonrisa en los labios. Yo le exponía mis urgencias intelectuales y ella, intentaba responderlas una a una como mejor sabía. Pero había truco. Tras cada respuesta, nuevas preguntas se aglomeraban en mi cerebro y con la misma prisa, intentaba exponerlas y encontrar una solución a todos los laberintos mentales que me producían los interrogantes de cuanto me rodeaba o sucedía.
Crecer es un arduo trabajo para el que no solemos estar preparados, aunque, estándolo, tampoco es fácil asumir cambios y decirle adiós con la mano a muchas cosas de las que no queremos desprendernos. La adolescencia, es peor que un dolor de muelas, es una puerta abierta a las hormonas, al descubrimiento de cuanto nos rodea de un modo independiente, la exacerbación del egoísmo, la rebeldía en grado sumo, el enjuiciamiento de todo y de todos, la elección del futuro en la peor etapa de la vida, cuestionándolo todo por minúsculo que parezca.
Mis queridos adolescentes libran a sus anchas una descomunal batalla consigo mismos y con el mundo en general. Me pregunto qué respondería la abuela a las preguntas que hoy nos plantean nuestros hijos, a sus respuestas ante nuestras preguntas, a su aparente falta de esperanza por el futuro que se les avecina. Me pregunto qué nos diría a los padres para fortalecer nuestras convicciones de que, a pesar de todo, su educación sigue estando en nuestras manos y no sólo en la de los educadores profesionales de los qué, a menudo, dudo de su capacidad y entrega. (Espero que no haya ningún educador leyéndome presto a lanzarme tomates por esta generalización, pero es lo que pienso). Me pregunto, cómo viviríamos ahora la adolescencia tal y como son estos tiempos modernos del siglo XXI; qué sentiríamos ante cuanto nos rodea, qué no es poco.
A veces, la abuela, viendo que las preguntas necesitaban una amplia reflexión, me invitaba a recoger almendras y a partirlas con una piedra mientras ella, entre almendra y almendra, encontraba la respuesta adecuada. Leía no hace mucho que hoy en día, los padres pasan menos de una hora y media daría con sus hijos. Los críos se reparten el tiempo de estancia en casa, entre estudios, Internet y televisión; los padres, entre sofá, televisión e Internet…
Supongo que tuve una inmensa suerte de que en mi adolescencia no existiera Internet, de que la televisión no sobrepasase los dos canales y de que en este lugar tan, tan, tan lejano en el que sigo habitando, las sillas fueran incómodas y el sofá se reservase para el progenitor del hogar. En algún momento, mis “churumbeles” reclaman la atención que necesitan de mí y yo intento dársela sin llegar demasiado tarde a compartir sus vidas. ¿Sabrán perdonarme por no haberlo hecho mejor?¿Podrán comprender todas mis decisiones? ¿Tendrán la sensación de que siempre les he amado?.¿Me recriminarán sus traumas por no gozar de un mando a distancia para cada uno?.
La vida, dirá.

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