viernes, 7 de marzo de 2008

ESOS LOCOS BAJITOS


He escuchado la canción de Serrat un montón de veces y, cuando miro a mis retoños -monstruitos para los amigos- me pregunto en qué estaría yo pensando cuando se me ocurrió darles la vida a siete pequeños vampirillos llenos de entusiasmo y curiosidad, con más pilas que el conejo de Duracell y tan gamberros como el que más o el que menos. El otro día, tras el incendio del microondas (a alguno de ellos se le ocurrió experimentar con el papel de aluminio y con el aparato en pleno apogeo “palomitero”) y dejarme la cocina hecha un verdadero asco, mantuve una conversación con los dos mayores para establecer las bases mínimas de convivencia. Pablo, sereno y cariñoso, se ofreció a compartir la tarea de limpieza de azulejos; pero Marina, rebelde e indisciplinada, se negó en redondo. El novio de turno la esperaba y debía irse. Mi “parejo” suele ser paciente y tranquilo- si los dos fuésemos un polvorín como yo misma, habríamos saltado por los aires hace tiempo- y ante mi sorpresa le dijo a la niña que no, que hoy no salía hasta que hubiese ayudado a la familia a recuperar el blanco de la cocina. A partir de aquí, el drama estaba servido. Algunas veces me parece que el inventor de la familia tenía un mal día -o lo había probado poco- cuando se le ocurrió la brillante idea del “ajuntaros y procrearos” y “que dios os ampare”, más en los tiempos que corren. Mi padre no era un hombre violento, pero me llevé algún que otro cachete cuando me ponía borde, borde, borde. Ahora, no hay cachetes, sólo palabras, y muchas veces, ni te las dejan pronunciar, cosa que impide ya no la comunicación, sino la educación y luego pasa lo que pasa. Ante la impotencia de lograr que un hijo comprenda nuestros motivos para realizar una u otra acción, ante su negativa en redondo a escuchar lo que sus mayores con experiencia propia y años vividos -que en la mayoría de casos, ni siquiera les hemos contado por dolorosos- tenemos a bien explicar, me pregunto si nuestra evolución para mejorar, no estará creando a seres insensibles y egoístas en demasía, fomentando la agresividad y la “bordería” propia de un crío chico en una rabieta, más que a seres felices y maduros que puedan afrontar lo que se les viene encima con integridad y valentía. Cuando el no es NO, acuden al chantaje emocional para salirse con la suya y, sinceramente, a veces nos sentimos tan cansados por el día a día, que cedemos…y ahí, nos equivocamos de medio a medio. Mi “parejo” suele decirme en momentos cumbre -cuando me pongo de los nervios y les perseguiría muy gustosa por el pasillo con la zapatilla en mano- que el pasillo es muy largo y que no lograré alcanzarles antes de que se encierren en sus habitaciones, motivo por el cual no merece la pena el esfuerzo de la carrera; es mejor esperar a que salgan y apresarlos en el sillón en pleno programa de tele basura apoderándose del mando a distancia y clausurando la TV por tiempo indefinido. Pero cuando se ponen de acuerdo los siete, la rebelión está servida y el chantaje emocional se multiplica. Las islas, las absolutamente desiertas, parecen una buena opción en algunos momentos de la vida, pero lamentablemente, la conciencia nos juega malas pasadas y nos recuerda, que ellos no pidieron nacer, que es nuestra responsabilidad conseguir que lleguen a la edad adulta con todas las armas para poder vivir en paz con ellos mismo y con su entorno. Da igual nuestras neuras y frustraciones- ellos no son culpables de nuestras decisiones pasadas, presentes o futuras-; da igual lo que sintamos frente a la vida y a cuanto nos envuelve- ellos no tienen por qué sentir del mismo modo, son seres individuales y no merecen que les traspasemos nuestros miedos-; nosotros, frente a ellos, damos igual. Son ellos los que tienen el futuro frente a frente y, sin un mínimo de educación, sin un mínimo de ética y, especialmente, sin un mucho de amor, cariño y paciencia, más que adultos, generaremos engendros déspotas y mal nacidos convirtiéndose en la agonía de nuestra vejez y en sus propios verdugos. Me extendería, pero hace rato que no oigo a los gemelos ni a koky, perrita y mascota de la familia. Espero que no hayan vuelto a amordazarla con el celo como el otro día…pero eso es otra historia.

miércoles, 5 de marzo de 2008

SONRÍSAS


Mi terremoto interno me impide el don de la apacibilidad. Me disgrego en mil batallas en las que mi empeño es ganar. Tal vez sea debido a mi rebeldía innata, genética, qué sé yo; a la necesidad de decir cuanto siento, aunque a veces, “calladita” esté más guapa. Me levanto por la mañana y me digo: “Escarlata, estás hecha unos zorros ¿ por qué te peleas con la cama?”. Disimulo las ojeras con los maravillosos polvos “aquínohapasadonada”, y me largo en busca del amanecer. Hay días en los que el sol se me resiste en el horizonte, lo llamo y no parece escucharme. Esos días, el frío intenso se apodera de mis huesos y tirito como la gelatina en un pastel de lo mismo. Otros, en cambio, el sol viene a por mí y me abraza con la calidez del amante que siempre regresa. Esos días, son mucho más luminosos que el resto, más apacibles, más míos. Y sonrío mientras las horas transcurren entre idas y venidas, reuniones inacabables, café negro, muy negro para despejarme; conversaciones insustanciales pero necesarias, conversaciones trascendentes e importantes… A veces me paro un segundo, compruebo que sigo entera, que el corazón no ha dejado de latir, que mis ojos siguen mirándolo todo como si fuera nuevo y diferente; reflexiono sobre un comentario, una mirada, una voz, esa sonrisa que me cautiva; esa voz que me subyuga, esos ojos que me reconocen… Cuando el sol se oculta, es cuando me siento más libre, más despejada, más yo. Me refugio en mi puerto y descorro las cortinas para contemplar la Luna y las estrellas que me hacen guiños desde su lejanía. Reviso mi mundo y compruebo que todo sigue en orden, que a pesar de la locura de ahí afuera, la templanza se impone como la inequívoca señal de que sigo viva. Y me regocijo de sentirme así, aunque a veces el día haya sido de espanto y la noche una agonía inacabable en la que me perseguían todas las plagas de Egipto más una. Es entonces y sólo entonces cuando insisto y sigo sonriendo porque si se acabaran las sonrisas, habría muerto de tristeza.